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Leer y odiar en la cafeteria

Fuente: Letras Libres

Autora: Brenda Lozano

Cioran: Decide leer solamente a Shakespeare. En Brasov, cerca de Rumania, lee todos los días en una cafetería. Por las mañanas imparte clases, por las tardes lee a Shakespeare. Una tarde, el profesor de gimnasia del instituto lo reconoce y se sienta a su lado. Cioran le pregunta quién es: “¿Cómo?, ¿no me reconoce? Soy su colega, soy el profesor de gimnasia.” Como sabemos, si el hombre que interrumpe la lectura no es William Shakespeare, despierta deseos homicidas, pero Cioran, sin escopeta en mano, continúa leyendo. Primera nota: desdeña al profesor y continúa la lectura porque leer en una cafetería, aunque es un sitio público, es un acto privado. Un acto privado con espectadores. Leer en una cafetería es una conversación que se desea silenciosa en la dictadura del ruido. Pero en los tiempos que corren, leer en una cafetería es lo mismo que hacerlo en una oficina, en un departamento o en una biblioteca. Sabemos que siempre hay una llamada, un claxon, un taladro detrás de cada pared: la torre de Montaigne es la cafetería de la esquina y la celda del monasterio es un vagón del metro. Los libros leídos en lugares públicos despiertan el morbo del que pasea. Terreno fértil. Hay más lectores en las cafeterías que en un edificio.

Un hombre. Decide leer en una cafetería. Más curiosidad suscita el libro que sostiene un desconocido que su vida. No se puede educar la curiosidad. Pero no interrumpiremos su lectura, no somos incómodos profesores de gimnasia. Sabemos cuáles son los libros más vendidos pero interesa saber qué se lee; hay que empezar, digamos, con él. De modo que tratamos, discretos, de observar la portada del libro, pero la inclinación no nos permite verla. Tenemos que comprar un café, sentarnos cerca para meter nariz. Para ver el título tenemos que hacer una sentadilla propia de un profesor de gimnasia. El hombre se da cuenta y, porque nunca dejó que le copiaran un examen, pone fin: se lleva la edición al regazo, no hay manera de saber qué lee. Segunda nota: no quiere que veamos el título y no permite que otros husmeen el texto que lo acompaña porque leer en una cafetería, acto pudoroso y exhibicionista a la vez, mantiene los mismos comportamientos del que lee a puerta cerrada. Busca mudar un acto íntimo a la calle, quiere una intimidad pública. La lectura en las cafeterías es un acto vertical que no quiere ser horizontal. Pero lo es: no está exento del ruido ni se salva del morbo vecino. Veamos lo que se lee durante una semana en cinco cafeterías, en cinco distintos puntos de la ciudad: quince periódicos de circulación nacional (cabe decir que las páginas de las sección de espectáculos terminan desordenadas, onduladas y notablemente estudiadas); seis juegos de fotocopias (entre los que sobresale “La inteligencia de la empresa”); un libro de autosuperación; La casa silenciosa de Orhan Pamuk, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco y Cien años de soledad; y una carta que, dada la exaltación de las lectoras, suponemos de amor. Predominantes los periódicos, apenas tres libros. No sorprende. Hay más cafeterías en una cuadra que lectores en el país.

Schopenhauer. Asiste siempre a la misma cafetería y se sienta en la misma silla. Otra rutina: al tomar asiento deja una moneda sobre la mesa. Todos los días recoge la moneda luego de tomar café y se va. Una tarde, una mesera la pregunta por qué lo hace. Schopenhauer responde. Pone la moneda sobre la mesa para entregarla al primero que diga algo interesante en las mesas contiguas. Hablan, en todo caso, de noticias. Tanto las noticias de un país como la primera plana de una historia amorosa. Pero cada día saca y guarda la misma moneda. Tercera nota: guarda a diario una moneda porque asistir a una cafetería, pese a que ninguna frase es digna de su dinero, es estar al día. Y tenemos una tendencia por estar al día. No por nada el blablablá y los periódicos son estelares en nuestras cafeterías, como no es gratuito que las secciones de nota rosa sean tan exploradas. Después del paseo por cinco cafeterías, que se antojaba al lado de Walser, notamos que hay más palabras cruzando de una mesa a otra que palabras impresas. Schopenhauer lo tiene claro, escucha las conversaciones como si subrayara un libro de Shakespeare. Si leyera, en cambio, habría un profesor de gimnasia inoportuno, habría curiosos que querrían saber qué lee. Si conversara tal vez una mujer le entregaría un peso a cambio de sus frases lúcidas. El silencio es imposible. No sobresalta. Hay más conversaciones en una cafetería que monedas en el bolsillo.

Una mujer. Nada detiene sus palabras. Es generosa: una, otra y esta otra palabra para su amiga. Escuchamos algunas frases sueltas pero no traemos cambio. Todas hablan de sus problemas amorosos. Un café es más barato que el psicólogo. No interrumpe al único lector de Pamuk, no fisgonea los periódicos en la mesa de al lado ni pone atención a las palabras que la rodean. Un paso delante de todos, no es una espectadora silenciosa, participa. Cuarta nota: habla porque el chachachá de las palabras, sobre todo en una cafetería, es la razón de su visita. Mientras que Jelinek, por ejemplo, todos los días debe tener algo impreso delante de sus ojos, ella necesita emitir palabras delante de su amiga. Esto es lo protagónico en nuestras cafeterías. No es Europa. En nuestras cafeterías hay más notas inéditas del corazón que lectores de libros. Nada sospechoso. Los lectores en nuestro país son subversivos. Aquí el rebelde trae un libro en las manos.
Una servilleta. Última nota en una servilleta: hay más profesores de gimnasia que lectores. ~

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